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Limpiar, fijar y dar esplendor

· Por Miguel Córdoba, economista

Limpiar, fijar y dar esplendor

En 1715, dos años después de su fundación, la Real Academia Española (RAE) de la Lengua aprobó un lema que desde entonces la habría de definir y que da título a este artículo. Durante casi tres siglos, la RAE hizo honor a su compromiso fundacional y preservó las esencias de nuestra lengua vernácula y de la que al menos algunos nos sentimos orgullos y españoleamos cuando viajamos fuera de España.

Pero, hete ahí, que en las dos últimas décadas, los 46 ocupantes de las sillas mayúsculas y minúsculas de la RAE (históricamente nunca se han ocupado las correspondientes a las letras ñ, v, w, x, y, z, W, Y, y están pendientes de ocupar las letras o y L) parece que han olvidado el mandato primigenio que recibieron de sus antecesores y se dedican año tras año a incorporar a nuestra lengua vocablos que nunca se habían usado antes y que, en muchos casos, son anglicismos o hispanismos que nada tienen que ver con nuestra lengua, que se comenzó a acuñar con Gonzalo de Berceo, con influencias del euskera. Y es que limpiar no significa manchar, fijar no supone condescender y dar esplendor no es renunciar a nuestra cultura.

En sus cuentas anuales, la RAE no es especialmente lesiva en materia monetaria, ya que sus miembros no cobran sueldo y los costes de su actividad apenas superan el millón setecientos mil euros, la mayor parte de los cuales son sufragados por los promotores, patrocinadores y colaboradores, aunque cuenta con 470.000 euros en subvenciones públicas. Bien es cierto que la entidad tiene un patrimonio histórico importante, aportado básicamente por el Estado, que incluye su sede social, una excelente biblioteca y participaciones en valores que le proporcionan intereses y dividendos en su cuenta de resultados.

Ahora bien, en lo que respecta al cuidado de la lengua, tan solo en los dos últimos años, se han incorporado palabras como “farlopa” que es una forma latinoamericana de designar a la cocaína; “chunda-chunda”, que no es más que una expresión onomatopéyica de la música que se toca en las fiestas de pueblo; “balconing” que no es más que un anglicismo debido a la costumbre que algunos anglosajones tienen de saltar de balcón a balcón en sus alcohólicas vacaciones; “cookie”, en vez de decir galleta; “machirulo” en vez de decir machista; “bocachancla” en vez de charlatán; “milenial” en vez de veinteañero; y así sucesivamente. Parece como si a partir de ahora, la estructura y gramática de nuestra lengua fuera a depender de las “genialidades” de “influencers” semianalfabetos.

Pero no sólo estamos hablando de palabras “nuevas” o traídas y adaptadas de términos extranjeros. Pongamos, por ejemplo, una palabra que ya es de uso cotidiano: “presidenta”. Pues resulta que el vocablo original “presidente” tiene un sufijo “ente” que no tiene género y que da a la palabra el significado de “ente que preside” y en ningún caso hace referencia a la posible masculinidad del término. Si se asume presidenta como válida, en justa reciprocidad, habría que hablar de “presidento”. Pongamos, otra palabra con el mismo sufijo: “oyente”, es decir “ente que oye”; a nadie se le ocurre hablar de oyentas y oyentos. Entonces, por qué hemos de usar el término “presidenta”. Mucha influencia “woke” parece que hay entre las 46 sillas basadas en las letras mayúsculas y minúsculas del alfabeto latino.

Si se tratara sólo de vocablos, a lo mejor podríamos ser condescendientes, pero es que resulta que también se meten con la gramática. Hace dos o tres años consideraron adecuado que se utilizara un infinitivo como imperativo, por el solo hecho de que la gente hablaba mal y así lo hacía. Me estoy refiriendo a utilizar el verbo “ir” cuando se manda a alguien a un determinado lugar. El término correcto, como es bien sabido, es “id”, es decir el imperativo. Pues nada, los que limpian, fijan y dan esplendor dijeron que valía usar el infinitivo.

¿Realmente necesitamos a esas 46 personas para “cuidar” de nuestra lengua, tal y como actúan? En el mundo anglosajón no existe una Real Academia y el lenguaje efectivamente está vivo. Si uno se va al Bronx, los “brothas” y las “sistas” hablan un slang que difícilmente entendería Shakespeare, y hay lingüistas que asumen que en el próximo siglo americanos e ingleses sencillamente no se entenderán. De hecho, hace unos diez años un lingüista inglés decidió hacer una prueba en esos maravillosos pubs que emergen en la foresta de la ciudad de Folkestone en el sur de Inglaterra. Dado que había vivido muchos años en el sur de Estados Unidos se presentó en uno de esos pubs, regido por los descendientes de un héroe de la RAF de la Batalla de Inglaterra, y entre fotos de aviones en blanco y negro se dirigió en “americano” a la camarera que servía las pintas de bitter en la barra. Después de dos intentos infructuosos, pidió en “inglés” la consumición y esta vez sí, y mirándole de forma extraña, la camarera le sirvió la bebida y unos snacks.

Sinceramente, no sé cómo acabaremos en materia lingüística en España, pero si escribo estas líneas es para reivindicar esa lengua que me hizo aprender en el tardofranquismo, en un colegio de barrio que ni siquiera era oficial, un profesor de nombre Valentín López Cuevas, que había sido discípulo del calígrafo Valliciergo, y que cuando acababa la jornada escolar nos ponía casi todos los días un dictado “extra” del “Miranda Podadera” (libro de prácticas del castellano escrito por el pedagogo del mismo nombre). Esa lengua tiene derecho a ser preservada para las futuras generaciones y no ser adulterada por términos que provienen de otras lenguas, especialmente del slang de países que “dicen” que hablan inglés, aunque no sea precisamente el de Shakespeare.

Esta lengua, la lengua de Cervantes y de Espronceda, que tanto amo y respeto, no puede deteriorarse en la forma en la que lo está haciendo, y todo ello con la aquiescencia de un gobierno al que no parece que le importe mucho nuestra identidad como nación, y el lenguaje es una de sus principales notas conceptuales características. Por eso, respeto que los catalanes defiendan su lengua, de manera que se puedan hablar AMBAS en Cataluña y en su versión tradicional, lo cual no quiere decir (espero) que en una de sus próximas cesiones a Junts, nuestro presidente vaya a aceptar que todos los españoles tengamos también que hablar en catalán, a fin de que se pueda mantener un poco más en su puesto.

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