Su trayectoria internacional incluye una formación clave en Corea del Sur, donde conoció de primera mano la cirugía endoscópica biportal. Allí descubrió un enfoque radicalmente distinto al que predominaba en Europa: técnicas diseñadas para descomprimir estructuras nerviosas con menor agresividad, priorizando el bienestar del paciente y reduciendo el impacto quirúrgico. Esta experiencia fue determinante para su posterior labor como pionera en su implementación en Europa, al reconocer su reproducibilidad y potencial de mejora en la calidad de vida de los pacientes.
Uno de los ejes centrales de su filosofía médica es la individualización del tratamiento. Frente a la idea de que la innovación siempre implica operar más o intervenir menos, defiende una medicina basada en la adaptación a cada caso concreto. En sus palabras, la verdadera innovación no reside en la técnica por sí misma, sino en elegir la mejor opción terapéutica para cada paciente, ya sea quirúrgica o conservadora, priorizando siempre el beneficio a largo plazo y la minimización de riesgos.
La dimensión emocional del dolor es otro aspecto fundamental en su práctica clínica. La doctora describe cómo el dolor crónico no solo limita físicamente, sino que condiciona la vida social, laboral y familiar del paciente, generando aislamiento, frustración e incluso ruptura de dinámicas familiares. Con frecuencia, los pacientes llegan a consulta mostrando una aparente serenidad que, al profundizar en su historia, se transforma en una carga emocional profunda que emerge en forma de llanto o liberación. Este fenómeno refuerza la idea de que el dolor no es únicamente una experiencia física, sino una vivencia integral que afecta a toda la persona.
En este contexto, la cirugía mínimamente invasiva representa para ella un avance significativo, aunque no absoluto. Si bien reconoce que la tendencia actual de la medicina es reducir la agresividad quirúrgica y mejorar la recuperación, insiste en que no siempre lo menos invasivo es lo más adecuado. La decisión clínica debe equilibrar evidencia, experiencia y necesidad individual del paciente. En este sentido, la tecnología es una herramienta esencial, pero nunca debe sustituir el criterio médico ni la comprensión global del paciente.
La doctora también reflexiona sobre los retos de ejercer en una especialidad históricamente dominada por hombres. Su experiencia como la primera mujer en Europa en aplicar esta técnica pionera ha estado marcada tanto por la competitividad del entorno médico como por la necesidad de demostrar constantemente su valía. Sin embargo, también destaca el apoyo recibido por colegas que confiaron en su trabajo y contribuyeron a consolidar su trayectoria. Lejos de interpretar los obstáculos como barreras definitivas, los entiende como parte del proceso que ha moldeado su identidad profesional.
El componente emocional de la neurocirugía es especialmente relevante en su discurso. Afrontar diariamente el miedo de los pacientes ante la posibilidad de no volver a caminar, dormir o vivir sin dolor exige una gestión emocional constante. La doctora reconoce la dificultad de convivir con esa responsabilidad, especialmente en un campo donde no existen garantías absolutas. Su compromiso se basa en la honestidad, la transparencia y la entrega total en cada intervención, sabiendo que la incertidumbre forma parte inherente de la biología humana.
Otro de los aspectos que más valora de su profesión es el impacto tangible de la recuperación. Uno de los momentos más significativos para ella ocurre en la consulta postoperatoria, cuando pacientes que llegaron con dolor incapacitante vuelven a caminar, dormir o retomar su vida cotidiana. Estas situaciones representan, más allá del éxito técnico reflejado en imágenes clínicas, la verdadera esencia de la medicina: devolver la normalidad, la autonomía y la tranquilidad a una persona.
En relación con el futuro de la neurocirugía, considera que la tendencia apunta hacia procedimientos cada vez más precisos, apoyados en tecnología avanzada y desarrollos científicos constantes. Sin embargo, insiste en que esta evolución no debe deshumanizar la práctica médica. La empatía, la escucha activa y la capacidad de generar confianza siguen siendo elementos irrenunciables, que dependen más del profesional que de la tecnología disponible.
Su labor como formadora y divulgadora internacional también forma parte esencial de su legado. La transmisión de conocimiento a otros especialistas le permite ampliar el impacto de su trabajo, facilitando que más pacientes en el mundo se beneficien de estas técnicas. Para ella, la enseñanza es un proceso bidireccional que también enriquece su propia práctica clínica, consolidando una comunidad médica en constante evolución.
En su reflexión final sobre la medicina, la doctora insiste en que el dolor humano no puede reducirse a escalas numéricas ni a mediciones objetivas. El dolor crónico es una experiencia compleja que afecta la totalidad de la vida del paciente, y cuya comprensión requiere una mirada más amplia y empática. Del mismo modo, considera que el cuerpo y la mente están profundamente interconectados, y que muchas patologías físicas son también expresión de estados emocionales prolongados.
Mirando hacia el futuro, su legado no se centra únicamente en la innovación técnica, sino en la huella humana que deja en sus pacientes y en los profesionales que forma. Aspira a ser recordada como una médica que utilizó la tecnología como herramienta para mejorar vidas, pero que nunca perdió de vista que detrás de cada intervención existe una persona con miedos, expectativas y una historia única.
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