Se tardó años, pero finalmente el efecto combinado de las sanciones y, sobre todo, la lenta y constante depreciación del petróleo y gas natural habían golpeado la economía rusa de manera contundente. El mastodonte Gazprom acumulaba pérdidas enormes a raíz de una política empresarial nefasta (en fecha 28 de julio se abordó en El Mundo Financiero la relación energética entre Rusia y Estados Unidos, más información al enlace https://shorturl.at/YE3VE) lucrándose Novatek, el mayor productor de independiente de GNL del país.
En 2022 los ingresos por la venta de hidrocarburos alcanzaron un máximo histórico de 400 mil millones de euros. En 2026 según una estimación de The Wall Street Journal (más información al link https://shorturl.at/rDApn), si la situación hubiera seguido como en los primeros dos meses, Moscú recibiría “sólo” 170 mil millones de euros, la cantidad recaudada anualmente en la década anterior a la movilización castrense. Sin embargo, el cierre del estrecho de Ormuz beneficiará a las arcas rusas. Una incomunicación prolongada en el tiempo ha afectado de inmediato a los bolsillos de los contribuyentes. El petróleo ruso, que antes de la tercera Guerra del Golfo cotizaba en torno a los 55 dólares por barril, podría alcanzar los 120 durante este trimestre. El gas natural seguiría la misma tendencia, pero de manera drástica siendo Qatar el principal exportador y suministrador a nivel global. En los mercados europeos y asiático, principal destino de las exportaciones rusas, los precios se triplicarían pasando de los 30 hasta los 90 euros megavatio hora (MWh).
Coyuntura que derivaría en un aumento neto de los ingresos energéticos rusos. De los citados 170 mil millones de euros a los 240 mil sólo en 2026. Putin y sus gerifaltes recuperarían gran parte de las pérdidas acumuladas desde 2023. En un escenario a medio largo plazo el impacto sería devastador. “El precio del crudo moscovita rondaría los 150 dólares por barril” afirma la economista Simona Beretta, con una previsión de estabilización en torno a los 70 dólares. Al mismo tiempo, el valor del gas natural en Europa y Asia se cuadruplicaría hasta los 120€/MWh. En total los ingresos por la venta de hidrocarburos podrían alcanzar los 350 mil millones de euros, acercándose al récord histórico de 2022. Seis meses de inestabilidad en el Golfo Pérsico serían suficientes para devolver a Moscú todo lo perdido en los últimos años gracias al bloqueo parcial de las exportaciones y la caída de los precios.
Huelga decir que el resultado sería paradójico. Desde la invasión de 2022, el sistema comunitario había logrado reducir considerablemente su dependencia de los hidrocarburos rusos. La combinación de ahorro energético, nuevas infraestructuras de importación y la adquisición masiva de GNL estadounidense logró estabilizar el mercado. Los bombardeos sobre Irán y la inesperada resistencia del régimen de los Ayatolás podrían alterar estos delicados equilibrios y restituir a Putin una sonrisa reluciente.
El ataque estadounidense e israelí ha repercutido de inmediato en el mercado y es improbable que Pekín quede estática. El dragón asiático es el principal importador de crudo del mundo con más de 11 millones de barriles diarios en 2025. Una parte significativa procede de las monarquías del Golfo y la interrupción del tráfico en el fatídico estrecho se traducirá en un incremento de los precios, retrasos logísticos y una mayor volatilidad del sistema energético chino.
Si bien las estadísticas aduaneras indican que Pekín no ha importado formalmente petróleo de Irán desde 2022, es un secreto a voces que el suministro no se ha interrumpido. Pese al hermetismo que envuelve a la superpotencia, un experto de la logística portuaria garantiza que “una parte significativa de estos flujos se mantiene a través de canales comerciales indirectos, cuyo rastreo no es inmediato”. Como bien enfatiza el capitán de navío Abel Romero Junquera en un interesantísimo análisis sobre el poder marítimo de China (véase texto completo al enlace https://shorturl.at/9pfM3), “siete de los diez puertos más importantes del mundo” son gestionados por la superpotencia asiática.
Basándonos en estimaciones recientes, más del 80% de las exportaciones petroleras iraníes son absorbidas por el dragón, cuya gran preocupación es que la crisis no repercuta sobre el estrecho de Malaca, estratégico punto de tránsito. A pesar de ello, China sigue manteniendo importante reservas estratégicas y comerciales de crudo. Un cálculo aproximado garantiza tres meses de total y absoluta independencia energética y por lo tanto, a corto plazo, Pekín se encuentra en disposición de absorber cualquier turbulencia. Si el conflicto se alarga hasta el verano, entonces la inestabilidad de Oriente Próximo podría afectar la seguridad energética de China. Especialmente si las rutas de suministro experimentan interrupciones más prolongadas.
Pero es una realidad que Pekín no necesita a Teherán como los persas a los chinos. El crudo malasio es “una eficaz alternativa”, explica la analista transalpina Paola Morselli. Y la aparente pasividad de Xi Jinping responde a un calculado posicionamiento. Simplemente el dragón asiático ha decidido que Irán no importa tanto como para enseñar su arsenal bélico. Las inversiones directas se cuentan en los dedos de una mano, y si algo evitan los altos mandatarios del PCCH es la inestabilidad y escenarios confusos. Además hay un precedente esclarecedor. En Irak la fase de reconstrucción ha sido “monopolizada por las multinacionales de ingeniería chinas”, reconoce Gabriele Vigne, CEO de la consultora JVVA. Las principales licitaciones han ido a parar al gigante del ferrocarril China Railway Rolling Stock Corporation (CRRC), de la ingeniería China State Construction Engineering (CSCEC) o del comercio naval Cosco muy activo en los puertos de al-Magal y Abu Flous.
Una vez más cabe interrogarse si quienes perduran son los más fuertes o quienes logran adaptarse a entornos distintos. Parafraseando a Bruce Lee, “be water my friend”…