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La fastidiosa disyuntiva del ejército comunitario

La fastidiosa disyuntiva del ejército comunitario
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· Las declaraciones de Emmanuel Macron sobre un posible envío de uniformados a Ucrania levantan suspicacias y las rápidas desmentidas de algunos mandatarios europeos evidencian una vez más las divisiones entre aliados

lunes 04 de marzo de 2024, 17:25h
El discurso del presidente transalpino, auspiciando una intervención militar para apoyar las tropas ucranianas contra la invasión rusa, ha tensado las relaciones entre las principales cancillerías. En ocasión de la conferencia de apoyo a Kiev que tuvo lugar en París la última semana de febrero, el político francés matizó que “no puede descartarse una participación directa” desde el prisma castrense. Macron puntualizó que “la derrota de Moscú es necesaria para garantizar la seguridad colectiva” de Europa. Este alegato – pronunciado en el tercer aniversario del enfrentamiento bélico – ha tenido un efecto boomerang en el viejo continente provocando las inmediatas desmentidas de gran parte de los mandatarios europeos.

El canciller alemán Olaf Scholz fue el más contundente al afirmar que “ningún soldado que forme parte de un ejército comunitario o de la OTAN será enviado a Ucrania (…). Lo establecido hace tres años sigue siendo válido de cara al futuro”. Le respaldó el primer ministro sueco Ulf Kristersson, al subrayar que “no se ha recibido ninguna petición similar desde Kiev… la cuestión no tiene ninguna relevancia en este momento”. También quiso sumarse al coro disidente Antonio Tajani. El máximo responsable de la diplomacia transalpina aclaró que “nosotros estamos defendiendo a un país invadido”, y sugerir una eventual participación directa “interesaría especialmente a Moscú, y de ninguna manera queremos empezar una guerra con Putin”.

Asimismo, se distanciaron de la propuesta de Macron otros líderes europeos y el mismo secretario general de la Alianza del Atlántico Norte (OTAN), Jens Stoltenberg. El noruego se alineó con los portavoces de la Casa Blanca dejando muy claro que “bajo ningún concepto está previsto el envío de soldados para luchar en Ucrania”. Tampoco se hizo esperar la contundente reacción desde la Plaza Roja. El portavoz Dimitri Peskov insinuó con tono pícaro que un desembarco aliado en territorio ruso “no debería interesar a Occidente” porque la natural consecuencia de similar afrenta cristalizaría en “un inevitable enfrentamiento armado a todos los niveles”.

Si bien el ministro de Asuntos Exteriores francés se apresuró a matizar y hasta rectificar las palabras de Macron, desde París insisten en “la necesidad de implementar nuevas estrategias” a favor de las tropas ucranianas como la remoción de minas antitanques, potenciar el enfrentamiento cibernético y agilizar la producción de armas en los alrededores de Kiev o en zonas estratégicas del país. Stéphane Sejourné explicó a los medios de comunicación que “algunas de estas propuestas harían necesaria la presencia de especialistas y no significaría de ninguna manera cruzar el umbral de la beligerancia”. Un planteamiento bastante naif e ingenuo que el Kremlin usaría como excusa para elevar la tensión diplomática y alimentar el victimismo de consumo interno.

Por otro lado, ha dejado de ser un secreto que algunas potencias occidentales ya tienen desplazados militares en suelo ucraniano con el objetivo de facilitar y coordinar el uso de la tecnología armamentística suministrada. Las cifras oficiales brillan por su ausencia, pero informes de prestigiosos think tanks como el americano Study of War o el británico Royal United Services Institute (RUSI) cifran en más de veinte mil los voluntarios extranjeros procedentes de más de cincuenta países que luchan contra los pelotones rusos. El tinerfeño Maximiliano Camino Aramuni o el catalán Pau Heras murieron en la frontera entre Ucrania y el Donbás una vez alistados en las milicias que respaldan al ejército de Volodimir Zelenski.

En Italia levantó un polvorín mediático la presencia de la joven piloto Giulia Schiff, que denunció haber sufrido abusos y vejaciones en su etapa castrense, entre los milicianos europeos. Su nombre apareció junto al de otros 24 transalpinos en una lista negra confeccionada por el servicio de inteligencia militar ruso (GRU) y publicada en la Web oficial del Kremlin. El mismo líder ucraniano emitió un especial decreto que posibilita a los miles de voluntarios extranjeros formar parte de le Guardia Nacional para suplir a la escasez de tropas. Y no ha sido baladí que el único comentario positivo que respalda la propuesta de Macron haya venido de Kiev. El asesor presidencial Mykhailo Podolyak la definió como “una buena señal… esto conduce el debate a otro nivel”.

Buscando en la hemeroteca se encuentra un precedente similar. El 9 de noviembre de 2019 aquel joven presidente galo reconoció al semanario Le Economist que la OTAN se encontraba “en muerte cerebral” y que el único antídoto a la “desaparición de Europa” consistía en “reforzarse como potencia mundial también desde el prisma militar”. Unas palabras entonces muy controvertidas y que hoy son alabadas por reconocidos analistas y estudiosos como la ex ministra española Arancha González Laya. No cabe duda de que la invasión rusa ha reactivado la misma razón de ser de la Alianza. Los países miembros no ponen trabas a mayores inversiones en seguridad y defensa y el ingreso de Finlandia y Suecia es una señal de su más que necesaria modernización. Ambos países optaron por abandonar décadas de neutralidad estratégica y solicitar cobijo a la OTAN.

También es de especial relevancia la metamorfosis del presidente francés. Hace 24 meses ejercía de peacekeeper sentándose en una mesa desproporcionada con el mismo Vladimir Putin, y hoy es uno de los adalides de la seguridad continental. Macron ha sido el primero en reconocer la necesidad de “hacer todo lo necesario para que Rusia pierda esta guerra”. Las ambiciones imperialistas del ex agente del KGB representan “una amenaza existencial” para Europa, y el líder galo acierta, según el Financial Times, en insistir en el concepto estratégico de “cueste lo que cueste”. A pesar de que similares declaraciones hayan evidenciado la falta de sincronía entre varios mandatarios continentales.

Estas mismas discrepancias refuerzan la necesidad de que Europa fortalezca su autonomía estratégica. Macron, a través de sus palabras, lanza un claro mensaje no sólo a Moscú sino también a Washington. Cada vez parece más evidente, los resultados de las primarias son notorios, que Donald Trump se presentará a las elecciones de noviembre como líder de la formación republicana e incluso podría regresar a la Casa Blanca en 2024. Las recientes declaraciones del tycoon crearon un manifiesto nerviosismo – llegó a vaticinar una salida de EE.UU. de la OTAN – y según algunos expertos como Lorenzo Vidino o Edward Lutwak la versión 2.0 del magnate sería “mucho peor que la original (…), más vengativo y con menos limitaciones”. Es probable que algunas salidas de tono sean instrumentales a la campaña electoral, pero es indudable que Washington no se hará cargo de la defensa de Europa para siempre, aunque Trump no salga elegido.

Las nubes al horizonte van acumulándose, y es necesario preparase seriamente para aguantar el chaparrón.

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