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Contraofensiva silenciosa: Pekín reescribe las reglas del comercio y las finanzas internacionales ante las presiones de Washington

· Desde el inicio de la segunda Administración Trump, el Departamento del Tesoro, bajo la dirección de Scott Bessent, ha intensificado de manera sistemática la presión sobre las instituciones financieras multilaterales para que reduzcan su apoyo a China

By Pablo Sanz Bayón
domingo 30 de noviembre de 2025, 09:01h
Contraofensiva silenciosa: Pekín reescribe las reglas del comercio y las finanzas internacionales ante las presiones de Washington
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Bessent ha sostenido que Pekín debe reequilibrar su economía: producir menos, consumir más y abrir sus mercados a las exportaciones estadounidenses. Pero China no cede a las presiones, como sí lo hizo Japón en los Acuerdos del Plaza de 1985. Pekín opera dentro de un marco normativo diferente, propio y flexible, lo que le permite maniobrar estratégicamente frente a estas presiones. En un movimiento sutil pero calculado, Bessent instó al Banco Asiático de Desarrollo (ADB) a suspender la concesión de préstamos a China, con el objetivo explícito de limitar la financiación de sus inversiones extranjeras. Aunque China no enfrenta restricciones de liquidez -su superávit comercial supera el billón de dólares-, el acceso al capital internacional sigue siendo una herramienta clave de influencia política y económica.

Este enfoque no constituye un hecho aislado. Bessent también ejerció presión sobre el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional para que revisaran sus políticas de préstamos a China, buscando una alineación de facto con los objetivos geopolíticos de Estados Unidos. Incluso condicionó la aprobación por parte del Congreso de los 4.000 millones de dólares destinados a financiación internacional bajo la Administración Biden a la implementación de estas reformas, marcando un precedente donde la asistencia financiera estadounidense se liga explícitamente a condiciones políticas.

Estas acciones reflejan una estrategia deliberada: emplear la influencia de Estados Unidos en los circuitos financieros globales como instrumento de contención del ascenso económico y estratégico de China. Sin embargo, Pekín no permanece inerte; su respuesta combina innovación financiera y adaptabilidad regulatoria, evidenciando que las reglas del juego global se están redefiniendo de manera dinámica.

Entra en escena el AIIB: la contraofensiva financiera de China

Pekín ha iniciado una contraofensiva silenciosa pero estratégica a través del Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (AIIB), una institución multilateral establecida en 2016. Con planes de abrir sucursales en centros financieros clave como Singapur y Hong Kong, el AIIB amplía su influencia hacia los nodos financieros más relevantes de Asia, desafiando de facto la hegemonía estadounidense en la región.

En la dinámica global del crédito, quien controla el flujo de capital suele imponer las condiciones. China, que durante décadas fue prestataria en un sistema dominado por Estados Unidos, se está consolidando como un actor acreedor de peso mediante el AIIB. Con activos que superan los 57.000 millones de dólares y compromisos por casi 52.000 millones en 38 países, esta institución se ha convertido en un vector clave de influencia financiera. No resulta sorprendente que Estados Unidos no sea miembro y que, dada la arquitectura de gobernanza del banco, probablemente nunca lo sea.

El 26% del poder de voto confiere a China la capacidad de vetar decisiones estratégicas en el AIIB, un mecanismo que recuerda el papel que Washington desempeña en el FMI. Además, muchos proyectos financiados por el AIIB se alinean con la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI), canalizando capital hacia sectores estratégicos como energía, transporte e infraestructura tecnológica, al tiempo que fortalecen la presencia internacional de empresas chinas.

Un ejemplo ilustrativo es el préstamo de 75 millones de dólares a Uzbekistán para proyectos de energía eólica y almacenamiento en baterías. Desde la participación de PowerChina hasta el probable uso de turbinas y baterías de fabricantes como CATL o BYD, el acuerdo funciona simultáneamente como instrumento financiero y plataforma de internacionalización tecnológica china.

En síntesis, el AIIB permite a China expandir su influencia, promover sus exportaciones industriales y erosionar gradualmente la primacía financiera estadounidense. Esta estrategia se complementa con decisiones directas sobre activos soberanos: en los últimos cinco años, Pekín ha reducido sus tenencias de bonos del Tesoro estadounidense de más de 1,1 billones de dólares a aproximadamente 760.000 millones, enviando un mensaje inequívoco al mercado global: China ya no desea financiar iniciativas que contengan su propio ascenso económico y estratégico.

Otro cambio estratégico: del dólar al oro

La estrategia financiera de China trasciende el simple otorgamiento de préstamos internacionales. Paralelamente, Pekín está reconfigurando su estructura de reservas internacionales, disminuyendo su exposición a activos denominados en dólares estadounidenses y aumentando significativamente su inversión en oro. En 2024, el Banco Popular de China (PBOC) incorporó 127 toneladas métricas de oro a sus reservas, alcanzando su nivel más alto en casi un año.

El oro cumple una función estratégica porque actúa como un activo refugio frente a sanciones internacionales y a la dependencia de los instrumentos financieros occidentales. En línea con esta visión, el PBOC ha elevado las cuotas de importación de oro y ha instruido a los principales bancos comerciales del país para que incrementen sus reservas del metal precioso, reforzando la resiliencia del sistema financiero frente a shocks externos.

El comportamiento de los ciudadanos chinos refleja esta misma tendencia. La creciente clase media china, enfrentada a la volatilidad del mercado inmobiliario y a la percepción de riesgo frente a activos estadounidenses, está adoptando el oro como su principal refugio de valor. En 2024, el precio del oro en China se incrementó un 28%, consolidándose como uno de los activos de mayor rendimiento del país. Este fenómeno ha generado un efecto multiplicador, estimulando la inversión en oro incluso en ciudades de menor tamaño, y reforzando una narrativa de diversificación y protección patrimonial a nivel doméstico.

En conjunto, esta transición refleja un enfoque estratégico que combina política monetaria, gestión de reservas internacionales y comportamiento de mercado, mostrando cómo China busca reducir la dependencia del dólar y fortalecer su soberanía financiera frente a un entorno geopolítico cada vez más complejo en el que Estados Unidos ha pasado a “militarizar” su política comercial con la pretensión de frenar su declive y detener el ascenso chino.

La verdadera ventaja de Pekín

La incitación de Scott Bessent para que China reduzca su producción manufacturera puede resonar favorablemente en las capitales occidentales, pero dista de reflejar la realidad económica del país. La manufactura constituye aproximadamente el 25% del PIB chino y sigue siendo el pilar de su estrategia de crecimiento, especialmente frente a las sanciones estadounidenses dirigidas a sectores estratégicos como los semiconductores y la tecnología avanzada.

La respuesta de Pekín es inequívoca: expandirse, no replegarse. Se está gestando una nueva estrategia de “Made in China”, mientras que el recientemente aprobado Plan Quinquenal -cuyo inicio de ejecución está previsto para marzo de 2026- se focaliza en sectores clave como semiconductores, inteligencia artificial y robótica, reforzando la autosuficiencia tecnológica y la resiliencia industrial.

A diferencia de Estados Unidos, cuyo sector manufacturero ha disminuido del 30% del PIB en 1990 al 17,2% actual, China ha logrado mantener su motor industrial. Esto no solo la convierte en un eslabón indispensable dentro de las cadenas globales de suministro, sino que también la hace resistente a estrategias de aislamiento económico, como la promovida por Bessent.

El auge exportador chino sigue siendo sólido, particularmente hacia los países BRICS. En el primer trimestre de 2025, el comercio de China con estas economías alcanzó 1,5 billones de yenes (aproximadamente 210.000 millones de dólares), un incremento superior al 11% interanual. Estos datos reflejan que China ha diversificado sus mercados y ya no depende de manera crítica del consumo estadounidense, consolidando una posición de fuerza frente a presiones externas.

El impulso hacia la desdolarización

El Banco Popular de China (PBOC) está promoviendo de manera decidida la liquidación de transacciones comerciales en renminbi (RMB). La proporción obligatoria de uso del RMB ha aumentado del 25% al 40%, aunque actualmente solo el 30% del comercio exterior chino -equivalente a 43,8 billones de yenes, o 6,1 billones de dólares- se liquida en la moneda local. De mantenerse esta tendencia, se prevé que la cifra alcance el 40% al cierre de 2025. Cada incremento porcentual reduce la dependencia mundial del dólar estadounidense y redirige flujos de capital hacia los mercados chinos, consolidando la posición internacional del RMB.

Según estimaciones de Goldman Sachs, una apreciación del 1% en el RMB podría impulsar las acciones chinas en un 3%. Una moneda china más fuerte implica una menor demanda de activos estadounidenses, incrementando la presión sobre los rendimientos de los bonos del Tesoro. Este proceso de desdolarización no ocurre en el vacío. Estados Unidos enfrenta desafíos estructurales propios, con un déficit federal promedio del 9% del PIB, resultado de años de recortes fiscales y gasto público elevado, cifra que podría dispararse hasta el 15% en caso de recesión.

En este contexto, los esfuerzos chinos por reducir la dependencia global del dólar agravan los riesgos financieros para la economía estadounidense. Existe la posibilidad de un mercado bajista global de bonos. El último ciclo prolongado se extendió de 1946 a 1981, con rendimientos que pasaron del 2% a más del 15%. Actualmente llevamos cinco años en un nuevo ciclo, y sin una recesión, los rendimientos de los bonos a 10 años podrían superar el 5%. Si China logra desviar una proporción significativa del comercio y las finanzas internacionales hacia el RMB, los responsables de la política monetaria estadounidense se enfrentarán a un entorno con menos instrumentos y menor margen de maniobra, alterando significativamente el equilibrio financiero global.

Una estrategia muy calculada

A través del AIIB y un proceso de desdolarización progresivo, China está implementando una estrategia multifacética y cuidadosamente calibrada. Por un lado, construye influencia global financiando infraestructura en países socios; por otro, debilita el dominio del dólar mediante un mayor uso del renminbi (RMB) en las liquidaciones comerciales. Todo esto se desarrolla simultáneamente con el fortalecimiento de su base industrial, integrando la expansión internacional con las cadenas de suministro chinas y consolidando un modelo de desarrollo económico interconectado.

Esta visión quedó clara durante la Cumbre China-ASEAN-Golfo celebrada en mayo de 2025, donde Pekín propuso la creación de un nuevo “círculo económico dinámico”, diseñado para ofrecer a los países participantes una alternativa al orden financiero liderado por Estados Unidos. El contraste entre ambos enfoques es cada vez más evidente: mientras Washington se repliega sobre sí mismo mediante aranceles, injerencia y sanciones, China extiende su influencia mediante inversión, financiamiento multilateral y cooperación estratégica.

China también dispone de múltiples herramientas para contrarrestar una escalada de la presión comercial estadounidense. Esto incluye restricciones selectivas a las exportaciones de recursos estratégicos, como las tierras raras; la sustitución progresiva de dólares por oro y RMB en las reservas y liquidaciones comerciales; y el refuerzo de su capacidad manufacturera nacional, asegurando competitividad tecnológica e industrial a nivel global.

Mientras Estados Unidos se apoya en aranceles, sanciones y condicionalidades financieras, atornillando a sus propios socios (UE, Japón, México), Pekín construye un sistema paralelo que se consolida en foros y alianzas del Sur Global, como la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI), los BRICS+ con el Nuevo Banco de Desarrollo (NDB) y la Organización de Cooperación de Shanghái. Aunque Estados Unidos sigue ocupando una posición dominante en las finanzas y en el comercio internacional, esa ventaja se encuentra en evidente erosión.

El mundo observa con atención: cada vez más, es Pekín —y no Washington— quien marca el ritmo del cambio en la arquitectura comercial y financiera internacional.

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